domingo, 12 de agosto de 2007

El síndrome de “supermadre”

Al contrario de lo que pueda suponerse el síndrome de “la gallina clueca”, una enfermedad mucho más popular y mucho más extendida de lo que la gente pudiera pensar, no presenta síntomas como fiebres, diarreas, nauseas, vómitos, o cosas por el estilo. Los síntomas que presenta son más “creativos” y desgraciadamente de muy graves consecuencias, de terribles efectos secundarios habría que hablar tal vez….



Para empezar, antes de hablar del “cuadro médico”, hay que hablar de grupos de riesgo, de potenciales pacientes, de candidatos a sufrir la enfermedad… En esta cuestión, todos los expertos, sin duda alguna, avalados por miles de experimentos, describen como grupo de riesgo a “mujeres de entre 15 y 95 años (algunas suegras y abuelas son también candidatas a
padecer la enfermedad, aunque con menor frecuencia) sin discriminación por razón de raza, religión o cualquier otra circunstancia personal, y de forma tan generalizada que se podría hablar de pandemia entre las hembras humanas, aunque siempre hay excepciones que confirman la regla….”

Pasemos, después de este preámbulo imprescindible, a la sintomatología: cuidado exagerado, desproporcionado, de sus crías; acompañado de menosprecio, e incluso en algunos casos de desprecio sin recato, de la figura paterna.

Veamos una muestra típica y tópica, la estancia de un hijo –o una hija- en un hospital, por poner un ejemplo: En una situación de tal tipo y si la causa de la hospitalización no es leve, la supermadre se preocupará por su súper nene de tal manera que incluso llegará a abandonar el trabajo y al marido, e incluso al extremo de enfermar ella misma por no comer, no dormir y no cuidarse suficientemente. Por descontado, una buena gallina clueca, le dará de comer a su polluelo en la boca, aunque sea mayorcito, y le acompañará a hacer sus necesidades, llegando a veces al extremo de casi hacer ella caca por la cría debido a sus propias contracciones… Obviamente, el rol paterno será denigrado en todo momento, llegando a convertirse en un padre disminuido. Haga lo que haga, pase las horas que sean necesarias al lado de la prole que en teoría es de ambos, de papá y mamá; dará igual: será presentado como un mal padre que no atiende suficientemente a sus hijos, y ¡¡Menos mal que tienen a su supermamá, porque sino se morirían por culpa de su mal padre!!

Si se trata de “compromisos sociales” y eventos diversos del súper nene o la supernena, más de lo mismo: Las crías siempre tienen preferencia. Las gallinas cluecas pasearán a sus polluelos por donde ellas –las crías- deseen, a costa de amigos y familiares. ¿Habías quedado a la diez con supermamá? Ya puedes esperar sentado y con la paciencia del Santo Job, que hasta que no se haya satisfecho el caprichito del supernene no hay nada que hacer… Por supuesto, sus polluelos encantados, dado que son “educados” como débiles crónicos, acabarán viendo el mundo como algo hostil ante lo que sentir miedo, nada mejor para mitigar ese miedo que los arrumacos de sus supermadres, nada mejor que su sobreprotección continua, léase contra hombres malos, pérfidos varones, machos terribles…

El resumen de esta ideología-síndrome de supermamá es: ¡AH, PUES YO NO TENGO PROBLEMAS, YO SOY LA MEJOR AMIGA DE MI HIJO!



Cada día es más frecuente oír a madres frases como ésta (he de señalar que también se dan casos de padres aquejados del síndrome de gallina clueca, aunque sea poco frecuente). Suele ser la respuesta de algunas personas cuando una madre angustiada acude en busca de consejo. La razón de su inquietud es que acaba de darse cuenta de que tiene un adolescente en casa, y no sabe que hacer...También suele ocurrir que cuando algunas madres se quejan al profesor tutor de que no saben cómo lidiar con sus hijos (hablo de lidia a propósito, pues algunos conciben la relación con sus hijos como si de una corrida de toros se tratara, en la que no se sabe bien quien es el toro y quien el torero...) el profesor les diga que la solución
es hacerse amigo de su hijo o hija, que eso es lo que él hace, que hay que ser modernos, e incluso si es necesario acompañar a los adolescentes y jóvenes para “hacer un botellón”... Alguno de ustedes se estará preguntando que cómo hemos llegado a semejante grado de estupidez y demencia. Pues muy sencillo, se ha instalado entre nosotros una “ideología educativa” que proclama que por encima de todo hay que ser especialmente cauteloso, estar permanentemente alerta no sea que se les ocasionen traumas a los niños, de tal calibre que queden afectados o desequilibrados para el resto de sus vidas. Como resultado de ello se deriva: “dales todo, resuélveles todo, tenlos entre algodones, juega con ellos, sé su amigo, protégelos a toda costa...”

Desde hace no mucho tiempo ha echado raíces entre nosotros la idea de que “todo lo que hicieron nuestros padres o nuestros abuelos con nosotros fue negativo, los pobres no daban para más, eran unos incapaces,...” Y claro, así nos educaron, o mejor dicho “nos maleducaron”... De ahí a pasar a proscribir determinadas cosas hay un pasito muy corto. Hoy día no están
de moda expresiones como “disciplina”, “normas convivenciales”, “autoridad”, “respeto por los demás y sus propiedades”, etc.
Todas ellas son antiguallas que casi todo el mundo evita pronunciar, si no se quiere correr el riesgo de ser tildado de facha, autoritario, o cosas por el estilo. A menudo olvidamos que lo que no se siembra en casa, en el hogar, en la familia, difícilmente puede cosecharse después. Hacemos que nuestros hijos tengan la vivencia del león del circo de “El Quijote”, que había nacido y crecido en cautividad, y anhelaba salir de la jaula para corretear por los campos, ser libre... Un día, accidentalmente, se dejaron la puerta abierta, y el león salió de ella.

Pero nada más empezar a caminar se le vino encima todo el peso de la libertad y la responsabilidad que comenzaba a tener, así que dio media vuelta y lo más deprisa que pudo se metió en la jaula... ¿Alguien se ha parado a pensar que la mayoría de los padres y madres con su actitud de sobreprotección está fabricando niños dependientes o tiranos, o ambas cosas a la vez? ¿Alguien ha reflexionado sobre frases como la que da título a este texto? ¿Realmente es sano para el hijo que su padre o su madre sea “su amigo”? Lamentablemente hay que recordarles a algunos que los hijos no necesitan que sus padres sean sus amigos, que lo que necesitan es que sean padres, madres y padres competentes que los amen, pero que no los mimen; que les enseñen y ayuden a resolver problemas, pero que no se los solucionen; que les enseñen a ser capaces de tomar decisiones, pero que no decidan por ellos; que les enseñen a cuidar de sí mismos, pero que “no los cuiden demasiado”...

Educar a un hijo es acompañarlo hasta la edad adulta, y ser adulto significa ser capaz de responsabilizarse de su propia vida. Ser amigo está reñido con ser madre o padre. Los amigos no reprenden a los amigos, los amigos no enseñan a los amigos, los amigos no ejercen ningún tipo de autoridad sobre los amigos, los amigos no tienen obligaciones con los amigos tales como procurarles alimentos, un hogar, seguridad afectiva, etc.

Los amigos no educan a los amigos. Los amigos se buscan y se eligen entre gente de la misma edad. Decirle a un hijo que uno es su amigo implica invitarlo a que desobedezca cualquier tipo de norma o de autoridad, es no enseñarle que las normas no son algo caprichoso y arbitrario, sino algo necesario e imprescindible para evitar que nos molestemos los unos a los otros.

Hablemos de sobreprotección: el exceso de cuidados hace que los menores sean en el futuro personas frágiles, dependientes, o por el contrario arrogantes. Los niños a los que no se les enseña a tolerar la frustración, ni a ponerse en el lugar de los demás, se convierten en personas débiles o déspotas, según los casos. Quienes sobreprotegen a sus hijos asumen como si fueran propias las frustraciones de los niños, les ayudan en todo, tienen por norma resolverles todos sus problemas, e incluso acaban siendo controladores y guías de sus hijos.

Lógicamente esto les impide tener la libertad suficiente para desarrollar su personalidad. La actitud de la que venimos hablando está claramente presente en los padres y las madres que dan a sus hijos una mala educación alimentaria o les permiten un excesivo consumo de productos de ocio. Otro aspecto de la sobreprotección es el empeño de muchos madres y padres de llenarles todo el tiempo, consiguiendo de ese modo acentuar su dependencia, dificultar su maduración e impedir que el menor asuma riesgos. Como resultado de lo anterior, también se da el que haya menores que “arriesguen demasiado”, o que no sepan estructurar bien su tiempo, que sean personas que se agobien por cualquier cosa o tiendan a la pasividad.

Paradójicamente la sobreprotección conduce a la dependencia de los niños respecto de la televisión, las videoconsolas o Internet, pues muchos padres y madres para evitar pelearse con sus hijos, les permiten que se pongan delante de la pantalla sin saber, o no querer saber, lo que sus hijos ven o hacen. Una cuestión especialmente destacable es que cada vez tenemos menos tiempo para estar con nuestros hijos, lo cual unido a la baja natalidad conduce a que o les permitamos hacer su real gana o a que los sobreprotejamos. Evidentemente hay que permitir que los niños asuman “riesgos razonables”, permitir que decidan por si mismos, que tengan ideas propias, etc. Pero también se hace necesario que las madres y los padres supervisen los contenidos que sus vástagos consumen en la televisión, o en los videojuegos, o en Internet; ahora bien, no se trata de
hacerles cambiar de canal cuando aparece una escena violenta en la tele, sino de estar junto a ellos y enseñarles a discriminar lo que es bueno y lo que es menos bueno. Y ya para terminar: lo que no inculquemos en casa, difícilmente puede ser inculcado en el colegio o enmendado por los profesores. No nos engañemos.

Dicho todo lo anterior y a riesgo de concitar odios femeninos, he de decir que en un mundo tan feminizado, dominado por un puritanismo feminista –androfóbico- a ultranza que hace estragos en campos tan diversos y poderosos como la judicatura, la política o el periodismo, ese síndrome tan femenino (el de supermadre o de gallina clueca) es muy posible que acabe instalándose en todas los ámbitos de la vida y las impregne por completo.

Es por ello, que entre otras cosas, tras las rupturas matrimoniales el papel del padre se acaba empequeñeciendo de tal manera que se convierte en mero proveedor del sustento económico de las crías y en llevarlas a pasear o al cine muy de tarde en tarde, un día o dos de cada quincena. Y total ¿para qué más? El padre es un ser insignificante que apenas se ocupa o preocupa de sus hijos. Para cuidarlos, protegerlos, educarlos, etcétera, ya tienen a las supermamás. Es más, ellas han demostrado de miles de maneras que la influencia de los mini padres es altamente contraproducente. Los hombres somos todos “cabrones” por naturaleza, borrachos, no pagamos pero sí pegamos, sólo pensamos en el fútbol, en fornicar (¡uy, qué vulgaridad!) y en ganar dinero. Así pues, cuánto más lejos de nuestros hijos mejor que mejor, es más, lo más sano es que ni nos vean…

Carlos Caldito Aunión.
Badajoz.

No hay comentarios: